newsletter — lo que pretendes no saber
Mi pareja me hizo una pregunta y me enfadé muchísimo.

Era una tarde de esas, en la terraza, con una copa de vino. Yo llevaba semanas bloqueada con mi trabajo — dándole vueltas a lo mismo, sin saber qué ofrecía exactamente, para quién, hacia dónde. Y ahí estaba, otra vez, quejándome en voz alta, disfrutando un poco de ser la pobrecita que no encuentra la respuesta.

Y entonces me preguntó:

¿Qué pretendes no saber?

Me callé. Y por dentro me hirvió la sangre. Pero qué pregunta es esa. Yo quería hablar de mis bloqueos, no que me vinieran con chorradas.

Tardé unos días en perdonársela. Y otros cuantos en entender que era la mejor pregunta que me habían hecho en años.

Porque la verdad es incómoda: yo ya sabía. No la respuesta entera, pero sí la dirección. Mi cuerpo lo sabía, mis ganas lo sabían, algo en mí llevaba tiempo señalando hacia dónde. Lo que pasaba es que me había convencido de que primero tenía que entenderlo todo — tenerlo claro, ordenado, justificado en la cabeza — antes de moverme.

Y mientras esperaba esa claridad perfecta que nunca llega, me bloqueaba a mí misma.

Las que pensamos mucho tenemos ese problema. Nos hemos acostumbrado tanto a saber, que no saber nos parece un fracaso. Buscamos la respuesta fuera — en otro libro, otro curso, otra opinión — para no escuchar la que ya está dentro, haciendo ruido, esperando que le hagamos caso.

Desde aquella tarde me hago la pregunta a menudo.

¿Qué pretendo no saber? ¿Dónde estoy fingiendo que no tengo el poder de decidir? ¿Dónde lucho contra mí misma en lugar de escucharme?

No me desbloqueó de golpe. No es magia. Pero cambió la dirección en la que busco. Antes buscaba hacia fuera. Ahora, primero, hacia dentro.

De eso va este newsletter.

Te cuento historias — mías, de mis clientas, de la gente que me cruzo. Comparto lo que voy aprendiendo sobre el cuerpo, la psicología, el movimiento, la forma rara que tenemos de ignorarnos a nosotras mismas. A veces te haré pensar. A veces te va a incomodar. A veces no estarás de acuerdo, y estará bien.

Y sí — a veces te voy a ofrecer cosas que vendo. Sin disimular, sin esconderlo entre líneas. Si algo que hago te sirve, te lo diré claramente. Tú decides.

Te escribo cada día. Todos.

No porque lo diga ningún manual de marketing, sino porque escribir es lo que me ordena la cabeza — y la mía necesita mucho orden. Escribo desde que aprendí a hacerlo. Lo haría igual aunque nadie me leyera.

No espero a "tener algo que vender" para aparecer. No vas a recibir un "hola, ¿qué tal el finde? mira esto que te ofrezco". Cada día pienso qué cuento, cómo lo cuento, por qué vale tu tiempo. Es lo que hago de todas formas. Tú solo te asomas a mirar.

Una cosa más, por honestidad.

Puede que no te guste. Puede que mi forma de escribir, de pensar, de decir las cosas te caiga francamente mal. Y si es así — perfecto. Te das de baja en un clic, sin rencores, y los dos ganamos: tú no gastas tiempo ni dinero descubriéndolo por un camino más largo, y yo me ahorro escribirle a alguien a quien no le hablo.

Prefiero cien que me lean y sepan exactamente qué piensan de mí, que mil que me tienen ahí, sin abrir, por si acaso.

Apúntate si tienes curiosidad.
Te escribo cada día. No por estrategia — porque no sé no hacerlo.